Benavente ha despertado este Domingo de Resurrección bajo un cielo que buscaba la complicidad del sol para iluminar el broche de oro a una semana de pasión, fe y sentimiento. Tras la solemne Misa de Pascua, el silencio de los días de luto se ha roto para dejar paso al júbilo.
Desde la Iglesia de Santa María la Mayor partía la Virgen de las Angustias, envuelta todavía en el rigor del luto, flanqueada por la inocencia de los más pequeños. Esos niños de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús a su Entrada en Jerusalén, con sus túnicas impecables, custodiaban a la Madre en un camino que buscaba el corazón de la ciudad. Al mismo tiempo, desde la Iglesia de San Juan del Mercado, el Cristo Resucitado avanzaba triunfante, portado con orgullo por los hermanos de la Real Cofradía del Santo Entierro y la Venerable y Franciscana Cofradía de la Santa Vera Cruz, quienes, ya despojados de la túnica y luciendo vara y medalla, daban testimonio de la vida que vence a la muerte.


El momento culminante, ese que guarda Benavente en la retina año tras año, ha tenido lugar en una Plaza Mayor ante la multitud. Allí, frente a frente, se han detenido las imágenes. En un instante que detiene el aliento, el manto negro de luto ha caído de los hombros de la Virgen, revelando la alegría de una madre que vuelve a ver a su hijo. En ese preciso segundo, las manos de la imagen se han alzado al cielo en una señal inequívoca de júbilo, desatando una explosión de vida en el centro de la plaza.
Desde las manos infantiles han volado claveles y el aire se ha llenado de palomas que, en su aleteo, portaban el mensaje de la Pascua. Ha sido un reencuentro vibrante, una sola procesión unida a partir de entonces por la victoria de la luz. El cortejo ha continuado su marcha con un ritmo más ligero, más alegre, encaminándose hacia la Ermita de la Soledad, donde el final de la procesión ha dejado estampas de hermandad y felicidad compartida.


La Junta Pro-Semana Santa, manteniendo esa entrañable tradición que premia la ilusión de los más pequeños, ha despedido a los niños con el dulce detalle de las golosinas, poniendo el punto final a una jornada donde Benavente no solo ha celebrado la Resurrección, sino que ha reafirmado su identidad y su fe en un futuro que, como la mañana de hoy, se presenta lleno de luz. La Semana Santa se va, pero el eco de los aplausos en la Plaza Mayor resonará en nuestras calles hasta que la próxima primavera nos devuelva el aroma a incienso y la emoción de lo sagrado.












