
Hay oficios que no se aprenden en los libros, sino con el golpe del martillo, el calor de la fragua y años de trabajo constante. Fernando González Marrón es uno de esos artesanos que están en riesgo de desaparecer, pero que saben escuchar al hierro para darle forma a su voluntad. En el Centro Cultural Soledad González de Benavente se presenta una selección de sus obras, una muestra que recoge toda una vida dedicada a convertir el metal en expresión pura.
La exposición puede visitarse en la planta noble y en la Sala del Procurador hasta el 28 de septiembre. En el acto de inauguración, la alcaldesa Beatriz Asensio destacó el impacto profundo que la obra de González ha dejado en el patrimonio local. Desde las verjas emblemáticas del Mercado de Abastos hasta la escultura pública que donó a la ciudad llamada ‘Todas direcciones‘, ubicada en la rotonda del Centro de Transportes y Logística, sus creaciones ya forman parte del paisaje diario de los vecinos.
La concejala de Cultura, Mercedes Benítez, resaltó el valor histórico y etnográfico que representa esta muestra. Para ella, mostrar la trayectoria de González es también rendir homenaje a la herrería tradicional, un oficio antiguo que exige paciencia, precisión y una entrega total al metal.

La relación de González con la forja no es solo profesional, es visceral. Aprendió desde niño en Benavente, junto a su padre, dentro de un taller donde cada martillazo tenía sentido. Con el tiempo, su curiosidad lo llevó a Madrid, donde perfeccionó su técnica trabajando bajo la guía del reconocido escultor zamorano José Luis Alonso Coomonte. Esa etapa marcó profundamente su visión artística.
En la década de los setenta regresó a su tierra y fundó un taller de forja artística en Mozar de Valverde, junto a su hermano. Allí se convirtió en figura clave en las ferias de artesanía de Valladolid y, especialmente, en la FEMAR de Benavente. Durante muchos años se dedicó a obras aplicadas: verjas, lámparas, mesas, atriles, así como encargos para residencias privadas en Madrid. Pero cuando llegó la jubilación, todo cambió.
Librado de las obligaciones comerciales, González decidió volver a la escultura pura, como forma de escapar de la rutina. En su actual taller da forma a piezas que van desde temas religiosos y mitológicos hasta formas abstractas.

Su proceso de trabajo no sigue planos fijos. Arma, desarma y vuelve a armar hasta que la idea toma forma. Y aunque su obra es poderosa, el artista rehúye títulos grandilocuentes. Prefiere dejar que cada espectador interprete lo que ve. «Buscar un título es casi tan difícil como crear la pieza. Lo bonito de una exposición es que cada persona la observe y forme su propia opinión», dice el creador.
Esta exposición ofrece una oportunidad única para conocer la evolución de un artesano excepcional que supo transformar el esfuerzo físico en una poesía visual delicada. La muestra permanecerá abierta durante el horario habitual de la Biblioteca Municipal, invitando a vecinos y visitantes a descubrir la nobleza del oficio hecho historia.






