
Benavente volvió a latir con fuerza en una tarde donde la tradición, el deporte y la solidaridad se fundieron en un mismo pulso. A las 19:30 en punto, el estruendo de las bombas rompió el aire como un aviso antiguo y respetado: todo estaba a punto de comenzar.
Y comenzó.
La 21ª Carrera del Toro Enmaromado volvió a llenar las calles de corredores, familias y curiosos que se mezclaban entre charangas, aplausos y ese ambiente festivo que solo Benavente sabe construir cuando la ciudad se convierte en escenario.

Desde los primeros metros, el recorrido —el habitual del Toro Enmaromado— se transformó en una marea humana más cercana a la fiesta que a la competición. Aunque no había cronómetros ni marcas que perseguir, el ritmo de la carrera fue vertiginosamente rápido y paradas muy breves en las argollas.
Niños agarrados de la maroma, jóvenes corriendo entre risas, veteranos que conocen cada curva del trayecto… todos avanzaban al ritmo de una ciudad que parecía empujar desde atrás. Entre los participantes también estuvo la concejala de Deportes, Elena Justo, sumándose a una cita que cada año gana más peso dentro del calendario local.

Aunque la prueba no es competitiva, hubo un reconocimiento simbólico para los participantes, con dos vencedores: en categoría masculina, Julio Alberto Hernández, y en femenina, Lucía Maniega.

Pero si algo distinguía esta cita no era el ritmo de las zancadas, sino su propósito. Con una aportación simbólica de tres euros, los participantes no solo recibían dorsal y camiseta —limitada a los primeros inscritos—, sino que contribuían directamente a la labor de AFIBE. En total, se vendieron alrededor de 200 dorsales, reflejo de la implicación de los vecinos.
Desde AFIBE, el agradecimiento era evidente. Más allá de la recaudación, la asociación valoró el gesto colectivo, subrayando la importancia de iniciativas que combinan visibilidad, inclusión y actividad física adaptada. Además, sus representantes dirigieron unas palabras a los asistentes, reforzando el carácter solidario del evento.

Cuando los últimos corredores cruzaban de nuevo la zona de llegada, el ambiente no se apagó. Al contrario: se transformó en una celebración extendida. Se realizó un sorteo de regalos —entre ellos relojes y balones—, se repartieron gorras entre los asistentes y se vivieron momentos de reconocimiento, como el aplauso dedicado a la Gente del Toro que subió al escenario. También hubo un recuerdo especial para Alberto Lorenzana “Gusano”.

El broche final lo pusieron los más pequeños, que, entre risas y entusiasmo, comenzaron a cantar al unísono: “Amigo, conmigo vente, que me voy a Benavente”, cerrando así una jornada donde deporte, tradición y solidaridad volvieron a correr de la mano.











