El guardián de las capas: Ángel María desvela en Benavente la memoria de esta prenda icónica

Benavente custodia el último refugio de la elegancia ancestral

Hay prendas que no se visten, se custodian. Bajo el título «Capa Ibérica 2026», Benavente ha abierto las puertas de una exposición que es, en esencia, un inventario de nuestra memoria colectiva y un preludio de gala para el II Encuentro de Capas Ibéricas que vestirá de pardo y azabache las calles de la ciudad este 21 y 22 de marzo.

La muestra, fruto del celo de la Asociación de Amigos de la Capa de Benavente y el virtuosismo documental de la Asociación Cultural Son de los Valles, trasciende la mera exhibición textil para convertirse en una lección de geografía humana. Desde el saludo inicial en una sala que hermana las banderas de España y Portugal —bajo la atenta mirada de la manta zamorana y la Virgen de la Vega—, el visitante comprende que la capa no es un uniforme, sino un lenguaje. Como bien señalaba Ángel María Trilla durante la apertura, no hace el mismo frío en la llanura de Tierra de Campos que en las cumbres de Sanabria, y es esa meteorología del alma la que ha cincelado cada corte y cada fibra de las piezas expuestas.

El espectador más atento podrá distinguir el paño fino, aristocrático y apretado, de la estameña en colores naturales de la oveja, o el sayal, ese tejido vasto y honesto que en tiempos remotos se mezclaba con el lino para el trajín diario. Entre las vitrinas y los maniquíes, surge la imponente capa alistana, erróneamente confundida a veces con el rudo atuendo del pastor, cuando en realidad es una pieza de rigurosa ceremonia; una «capa de honras» o «de chiva» que solo abandonaba el arca para acompañar al hombre en sus hitos vitales: la boda, la fiesta patronal o el último adiós en el entierro.

Pero Benavente no se ha limitado a mirar hacia sus fronteras vecinas de León, Salamanca o la Mirandesa portuguesa. La tercera sala es un homenaje a la comarca de Los Valles, un rincón donde la indumentaria alcanza cotas de museo. Allí reposa, solemne, la Capa del Corpus Christi, una joya de raso de seda y bordado en oro a realce cedida por la parroquia de Santa María la Mayor. Es un «primor» que, según el cronista local, perteneció al recordado Don Eustaquio y que aún hoy, tras ser restaurada por las manos pacientes de las Adoratrices de Valencia en el siglo XIX, conserva el aura de lo sagrado.

La exposición se completa con un catálogo de lo invisible: la superstición y la fe. Las collaradas de plata, los amuletos contra la peste y piezas de un simbolismo estremecedor como el «Cristo preñado» —que las mujeres portaban sobre el vientre para invocar el instinto de la maternidad— nos recuerdan que nuestros antepasados no solo se abrigaban del viento, sino también de los miedos.

En definitiva, esta muestra es un acto de justicia histórica. Como bien se recalcó en la inauguración, a menudo valoramos el exotismo ajeno mientras ignoramos el tesoro que duerme en los desvanes de casa.

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