Joaquina cumple 100 años y lo celebra con un montón de anécdotas: Esta es su historia

Vidayanes celebra el centenario de Joaquina Labrador, una mujer pionera y llena de fortaleza que cambió los rascacielos por sus raíces y superó las embestidas de la vida.

En Vidayanes, un pequeño rincón de la Tierra de Campos zamorana donde la vida transcurre al ritmo sereno de sus 74 vecinos, hoy el tiempo se ha detenido para celebrar una historia extraordinaria. Aunque el calendario marca oficialmente su nacimiento mañana, 4 de octubre, el pueblo entero ha celebrado una fiesta para arropar a Joaquina Labrador Alonso en sus cien años de vida. Una centenaria en un envidiable estado de salud, con la lucidez intacta y esa energía indomable de quien, aunque ahora las piernas ya no se lo permitan, ha estado pedaleando sobre su bicicleta hasta hace bien poco, como nos cuenta su familia.

La historia de Joaquina es la peripecia de una mujer valiente y adelantada a su tiempo, explicada por su nieta, Alcira Prieto, en un emotivo discurso. Nació en 1926 con un nombre marcado por la memoria: el de su tío Joaquín, quien iba a ser su padrino de bautismo pero a quien la guerra se llevó solo unos días antes de que ella llegara al mundo.

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Corría el año 1949 cuando aquella joven de apenas 22 años tomó una decisión insólita. Dejó atrás la calma rural de Vidayanes, se subió a un avión y cruzó el Atlántico rumbo a un mundo desconocido: Nueva York. Allí la esperaba un hermano de su madre, un reputado cirujano asentado en la Gran Manzana.

En la metrópoli neoyorquina vivió «un año y un día, como los presidentes», desenvolviéndose entre rascacielos con un pequeño diccionario de bolsillo que le había regalado su tía. De aquel viaje de ensueño regresó a su tierra natal a bordo de un trasatlántico, tras diez días y diez noches de travesía surcando el océano. Traía en la maleta dos palabras en inglés que jamás olvidaría (thank you y kisses) y una novedad que causó sensación en el pueblo: los primeros pantalones que lucía una mujer en la zona, y que Joaquina estrenó con inmensa elegancia y orgullo.

De vuelta en su pueblo, el amor echó raíces. A los 25 años se casó con un agricultor de la localidad y pronto llegaron sus tres grandes amores: sus tres hijos. Sin embargo, la vida volvió a ponerla a prueba cuando a los 51 años quedó viuda. Demasiado joven para una pérdida tan dura, Joaquina sacó fuerzas de donde no las había y se convirtió en el timón absoluto de la casa.

Ese carácter de roble es el que la ha mantenido fuerte durante todo un siglo. Joaquina ha sido una luchadora nata que ha sabido superar severas cornadas de salud con una fortaleza pasmosa. Una de sus pruebas más agónica llegó durante la pandemia, cuando una neumonía la obligó a permanecer ingresada y aislada durante largos días en la habitación de un hospital. En medio del silencio y la distancia, Joaquina encontró en el teléfono móvil su gran aliado: pegada al auricular, llamando sin descanso a sus hijos y nietos a cada hora del día, logró vencer la soledad, superar la enfermedad y regresar victoriosa a su hogar.

El homenaje de un pueblo y el legado de una madre

Esta mañana, en la iglesia parroquial de Vidayanes, Joaquina ha presenciado su misa de homenaje flanqueada por sus tres hijos —Emilio Joaquín, Enrique y Elvia—, sus cinco nietos —Genaro, Nazaret, Alcira, Marcos y Elvia—, sus tres biznietos —Héctor, Martín y Sergio, a los que pronto se sumará una cuarta en camino— y una red de afectos que no ha dejado de crecer.

Durante la ceremonia, su nieta Alcira tomó la palabra para poner voz al sentir de todos los presentes: «Hoy celebramos sus 100 años, abuelita, pero también celebramos todo lo que has sembrado: una familia que te quiere, una historia que perdura y un amor que después de un siglo sigue creciendo». Un reconocimiento rotundo que cerró con un deseo compartido por todo el pueblo: «Queremos que todo el cariño que has dado a lo largo de tu vida vuelva a ser multiplicado, que te vuelva en cada abrazo, en cada sonrisa, en cada recuerdo, con cada una de las personas que está aquí para celebrar contigo».

Al término de la ceremonia litúrgica, el teniente de alcalde, Ángel Perlines, le hizo entrega de una placa conmemorativa en nombre de toda la Villa. Un gesto cargado de una emoción insólita, pues el alcalde de Vidayanes no es otro que Genaro Prieto, el mayor de sus cinco nietos, que no pudo ocultar el orgullo al ver a su abuela convertirse, con toda probabilidad, en la primera centenaria en la historia del municipio.

A sus cien años, radiante y rodeada por los suyos, a Joaquina le preguntaron si le sedujo más la inmensidad neoyorquina o la paz de su pueblo. Su respuesta, dicha con esa sencillez desarmante de los sabios, resume toda una vida: «A mí lo que me gustaba era la familia». Y al indagar sobre el secreto para llegar tan llena de vida al siglo de existencia, regaló la mejor lección: «Secretos no hay ninguno. Solo pedirle a los jóvenes que, si se casan, sean muy felices y cuiden a su familia como la he cuidado yo».

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