Benavente renueva su pacto con la tierra: devoción y fe en la procesión de San Isidro

Benavente renueva su vínculo con San Isidro en una jornada de tradición y recogimiento.

Bajo un palio de nubes que amenazaba con rasgar el día, Benavente ha vuelto a cumplir este 15 de mayo con su rito más ancestral y arraigado. La festividad de San Isidro Labrador se vistió de solemnidad y fervor, congregando a una comunidad que, año tras año, acude fiel a su cita con la tradición y la esperanza.

Los actos centrales dieron comienzo a las 12:30 de la tarde, hora en la que las campanas convocaron a los fieles a la celebración de la santa misa. En el interior del templo, el aroma a incienso y el murmullo de las oraciones prepararon el espíritu para el momento cumbre de la jornada. Al concluir la eucaristía, las puertas se abrieron para dar paso a la procesión.

Un recorrido de fe bajo el cielo plomizo

La venerada imagen del santo cruzó el umbral, iniciando su ya habitual y simbólico itinerario. Desde la solera de la iglesia de San Juan, la comitiva avanzó con paso firme y devoto en dirección al barrio de San Isidro, trazando un puente de fe hasta las inmediaciones del Centro de Salud Norte.

A lo largo del trayecto, el misticismo de la marcha se vio enmarcado por un cielo encapotado y gris, una atmósfera nubosa que, lejos de deslucir el acto, añadía una belleza casi poética a la escena, como si la propia naturaleza contuviera el aliento ante el paso del patrón de los campos.

El ritual sagrado: los cuatro horizontes de la esperanza

El instante más importante de la jornada aconteció durante la parada estratégica destinada a la bendición de las tierras. Allí, donde el asfalto se rinde a la vega, la procesión detuvo su caminar.

El sacerdote, Francisco Ortega, se volvió sucesivamente hacia los cuatro puntos cardinales. Guiando la mirada y la imagen de San Isidro hacia el Norte, el Sur, el Este y el Oeste, pronunció la bendición con una solemnidad que conmovió a los presentes.

Un ruego lanzado a los cuatro vientos para pedir la protección de las cosechas y la prosperidad de una comarca que late al ritmo del campo. Las miradas de los fieles, divididas entre la figura del santo y el cielo plomizo, reflejaban el deseo compartido de una buena cosecha.

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