
La Junta de Castilla y León ha dado un paso innovador en la gestión ambiental al incorporar, por primera vez, el estudio de los microorganismos del suelo como indicador directo para medir el éxito de las restauraciones forestales tras sufrir grandes incendios. La Consejería de Medio Ambiente y Energía ha impulsado una investigación que analiza cómo evolucionan los hongos y las bacterias bajo la superficie, un factor determinante para devolver la vida al monte.
Hasta la fecha, la eficacia de las actuaciones de emergencia se evaluaba observando únicamente la superficie: el rebrote de las plantas, el crecimiento de la vegetación o el control visual de la erosión. Con este proyecto se pasa a examinar la salud del suelo, un parámetro invisible pero fundamental para garantizar que el terreno vuelva a ser fértil y equilibrado.
Los análisis realizados confirman que las obras tradicionales de conservación del suelo generan unas condiciones óptimas para la microbiota. Tratamientos como el acolchado con paja o la trituración de la madera quemada ayudan a controlar la erosión, aportan materia orgánica y estimulan la presencia de microorganismos descomponedores. Por su parte, la colocación de fajinas y albarradas permite retener humedad y sedimentos ricos en una elevada diversidad de hongos procedentes de zonas no calcinadas.
Los microorganismos son esenciales en la nutrición de las plantas, ya que facilitan su acceso al agua y a los nutrientes básicos. Por este motivo, los datos recabados servirán para redactar un manual de buenas prácticas que guíe a los técnicos a la hora de planificar futuras intervenciones en los montes de la comunidad.
Las investigaciones se han desarrollado a lo largo de un año con la colaboración de las empresas especializadas IDForest, Zenit Ingeniería y Consultoría y Air Medio Ambiente. Las muestras han sido tomadas en áreas golpeadas por grandes fuegos en la Sierra de la Culebra (Zamora), la Sierra de la Paramera (Ávila), la Sierra de Francia (Salamanca) y zonas de Burgos como Quintanilla del Coco y el Parque Natural Sabinares del Arlanza-La Yecla.
De forma paralela, la Junta ha probado en Burgos una experiencia piloto inoculando bacterias y hongos micorrícicos autóctonos en raíces de nuevas plantaciones de encina y sabina albar. Estos microorganismos locales, reproducidos en laboratorio, ayudan a las raíces a absorber mejor el agua y protegen al árbol frente a plagas, reforzando la resistencia global del bosque reconstruido.






