
Entrar hoy al Centro Cultural Soledad González no ha sido solo cruzar el umbral de una sala de exposiciones; ha sido asistir a un reencuentro con el alma misma de Benavente plasmada en papel. La muestra “69 años pintando nuestra historia” es un prodigio de análisis gráfico y tinta. Ver reunida la cartelería del Toro Enmaromado desde mediados del siglo pasado es contemplar, en realidad, la metamorfosis de todo un pueblo.
El viaje arranca en la sobriedad de 1957. Aquellos carteles, de tipografía recia y litografía noble, hablaban de una época donde la fiesta era el eje absoluto sobre el que giraba el año. Al avanzar por la sala, el visitante tropieza con el estallido de color; el diseño gráfico empezaba a asomar la cabeza, perdiendo la rigidez de antaño para abrazar una modernidad que ya intuía el cambio social. Cada trazo de los astados, cada soga dibujada, es un fiel reflejo de la estética de su tiempo: del trazo costumbrista al minimalismo contemporáneo.

Además este año, la crónica local se enriquece con un eco nacional gracias al Museo Itinerante de la Federación Española de Toro con Cuerda. La coincidencia no es casual: sitúa la tradición benaventana en el mapa del patrimonio compartido, recordando que la maroma une a estas geografías es mucho más fuerte que las distancias.








