Benavente, bastión de la artesanía: «La alfarería está en estado crítico, a mis hijos no los he metido en el negocio»

El arte alfarero resiste en la Feria de Septiembre de Benavente

En el bullicio de la feria de septiembre de Benavente, entre el olor a tradición y el ir y venir de los vecinos, un sonido destacaba sobre los demás: el alegre trino de los pequeños pajaritos de cerámica. Esta joya alfarera de Jiménez de Jamuz comparte espacio con las míticas cazuelas de Pereruela, reuniendo en Benavente lo mejor de la tradición del barro de la zona.

En el estand de Pereruela, Ramón García atiende a una clientela fiel que ha ido cultivando tras más de 30 años de oficio y varias participaciones en la feria de Benavente. Su catálogo está diseñado para la gastronomía de siempre: paellas, carnes estofadas aptas para vitrocerámica y gas, y pucheros para guisos de legumbres o patatas con costilla. Al preguntarle si la comida de verdad mejora en estas vasijas, su respuesta es tajante: “Esto no sabe mejor, sabe espectacular”.

Sin embargo, tras la excelencia artesana se esconde una realidad amarga. “No hay relevo generacional, la verdad es que no hay. Es un trabajo duro y la gente joven opta por otros empleos”, confiesa este artesano que llegó al oficio «de forma sobrevenida» tras casarse con una vecina de Pereruela. “Estamos en estado crítico. Quedamos pocos alfareros puros, de alfarería familiar hecha a mano, y la jubilación del baby boom está haciendo estragos”.

A pesar de las sombras sobre el futuro, su presencia en las ferias demuestra que el amor por el barro sigue vivo en la región.

Cazuelas de Pereruel

Junto a la alfarería zamorana de Ramón, la artesanía leonesa de Jiménez de Jamuz pone la nota de color con sus pajaritos de agua y una gran variedad de piezas artesanas. Crear uno de estos silbatos a mano requiere una maestría especial: hay que moldear la pieza, esculpir la figura del ave y afinar el pitorro con exacta precisión para que el aire, al rebotar con el agua de su interior, cree el característico silbido.

Con un cordón colocado cuidadosamente para evitar que los más pequeños rompan las piezas, la feria se despide un año más entre trinos y pucheros. Un aviso para valorar el trabajo artesanal antes de que el barro deje de girar en los tornos de nuestra región.

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