
En tiempos de pantallas, algoritmos y redes sociales, la verdadera revolución se está gestando a pie de tierra en un pequeño rincón de la comarca del Tera. Víctor Pérez tiene 29 años, trabaja como docente en una escuela taller y guarda un tesoro agrícola incalculable: las semillas de tomate de su abuela Justa. Una variedad tradicional que se ha convertido en un fenómeno gastronómico y que acaba de proclamarse como el mejor tomate de España en un certamen celebrado en Castellón.
El hito tiene aún más mérito si se tiene en cuenta un detalle clave: la hortaliza ganadora no creció en suelo zamorano. Víctor regaló un tomate con simiente a una agricultora de Castellón durante un encuentro hortícola, y al plantarla allí, la semilla demostró la potencia de su genética intacta. «La semilla tiene memoria de los años; es antigua y es cojonuda», explica Víctor con la franqueza y cercanía que le caracterizan.
El ‘sombrero’ casero y la magia de la tierra
El éxito de la huerta de Víctor en Sitrama de Tera no es fruto de la casualidad ni de productos químicos de laboratorio. Este joven hortelano mima con cariño el huerto y la herencia agrícola de su famlia . Para combatir los picos de calor extremo durante la floración, ha instalado una malla a modo de «sombrero» sobre los tallos. «Cuando a ti te calienta el sol, te pones sombrero, ¿no? Pues las plantas, en las horas de más calor, están a la sombra. Les ha venido de maravilla», señala.
Gracias a este muelle de cultivo y al uso combinado de invernadero y tierra abierta, la producción arranca a finales de abril y se alarga hasta bien entrado el mes de noviembre. Sus plantas rozan los dos metros y medio de altura, cargadas de frutos que superan con creces los estándares comerciales habituales.

Un legado frente a la adicción a las pantallas
Desde niño, mientras sus padres atendían el ganado, él aprendía a cavar y a sembrar junto a sus abuelos Clemente y Justa. «Del trigo de las gallinas, yo echaba granos y sembraba en un montón de arena que quedó al pie de la casa cuando mi padre la construía», recuerda con nostalgia. Ya desde muy pequeño ayudaba a cavar y a sembrar, sintiendo una devoción tan fuerte por la tierra que rechazaba cualquier otro plan: «Mi tío me decía que me dejaran ir al cine o a pasear por ahí, pero yo le decía que no quería ir, que quería estar en el campo con mis abuelos. Nadie me obligaba, salía de mí».
«Esto es salud mental y gimnasio puro y duro. El zacho y la azada no se manejan solos», afirma rotundo. Víctor lamenta la desconexión que observa a menudo en los jóvenes: «Pasas por la puerta del bar y están todos mirando al móvil y ya ni se saluda. La gente joven no valora el esfuerzo y el trabajo que cuesta poner un producto encima del plato».
A sus 29 años, este joven de Sitrama de Tera demuestra que el respeto a las tradiciones familiares, la paciencia y el trabajo con las manos no solo son el mejor refugio para la mente, sino también el ingrediente secreto para coronarse en la cima de la gastronomía nacional.






